Atenco, a dos años de la represión…
La policía iba armada 3 y 4 de mayo de 2006
América del Valle en Tlatelolco 3 de mayo de 2006, habla de la negociación que todavía se dió el 2 de mayo por la noche
Entrevista a Mariana Selvas
Entrevista a Norma Jiménez
Petición de 11 mujeres, víctimas de tortura en Atenco, ante la CIDH
Ángel Benhumea, padre de Alexis Benhumea
A dos años, nuestro sentir… (pelicula de Flash)
de: centro de medios libres

Mujeres y niños en la barbarie de Atenco.
Eugenia Gutiérrez
Reconocido mundialmente como terruño de feminicidas y hogar dulcísimo de pederastas, México mantiene al límite su desvergüenza dos años después del operativo policiaco en San Salvador Atenco. A lo largo de la semana anterior hubo manifestaciones en varios países para exigir el esclarecimiento de los hechos, la libertad de quienes aún están en prisión y la sanción para los responsables de la brutalidad policiaca que afectó a cientos de civiles en mayo de 2006 y les quitó la vida al niño Javier Cortés y al joven Alexis Benhumea. Pero hubo dos protestas que destacaron por el grado de barbarie policiaca que pusieron de manifiesto. Una la encabezaron once de las mujeres agredidas sexualmente por la Policía Federal Preventiva (PFP). La otra fue protagonizada por niñas y niños adherentes de la Otra Campaña.
El martes 29 de abril, Edith Rosales Gutiérrez, Mariana Selvas Gómez y Norma Aidé Jiménez Osorio (tres mujeres que pasaron meses y hasta años como presas políticas por los hechos de Atenco) junto con otras mujeres que prefieren mantener un bajo perfil y que también estuvieron presas durante unos días, refrendaron en la Ciudad de México su denuncia de tortura y violencia sexual, física y verbal contra los integrantes de la PFP. Al refrendar su dicho, las mujeres informaron que en ese momento estaba siendo entregada en Washington, EUA, una denuncia internacional ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH)[1]. Más tarde, las mujeres agredidas por la policía realizaron una protesta frente al organismo de significado imposible de recordar, mejor conocido como FEVIMTRA[2]. Después de dos años de intentar infructuosamente un contacto, las compañeras denunciantes fueron recibidas por la fiscal especial, hoy María Guadalupe Morfín Otero, sólo para escuchar que aún no existen resultados concretos para sus demandas.
El miércoles 30 de abril, también en la Ciudad de México, decenas de niñas y niños adherentes a la Otra Campaña se presentaron junto con sus familiares ante la sede de la UNICEF en lo que llamaron El Otro Día del Niñ@. Una comisión entregó dos documentos. Uno fue el Informe sobre el caso de los menores de edad detenidos los días 3 y 4 de mayo de 2006 en Texcoco y San Salvador Atenco, Estado de México[3]. Otro fue un Recuento de represión por parte del Estado a los niños y niñas en México a partir de mayo del 2006[4]. Quienes participaron y organizaron estas protestas coinciden en señalar la falta de interés ante las denuncias de violencia contra mujeres y niños que han podido observar en estos dos años. Todo indica que existe un vacío de datos en lo que respecta a la violación masiva de mujeres y la tortura de menores de edad que estimuló, dirigió, permitió y encubrió Enrique Peña Nieto, gobernador del Estado de México. Para combatir medianamente ese vacío podemos traer a la memoria algunos hechos.
Los días 3 y 4 de mayo de 2006 fueron detenidas doscientas seis personas durante la violenta incursión policiaca que hoy se conmemora. Cerca de setecientos elementos de la PFP, casi dos mil de la Agencia de Seguridad Estatal y decenas de policías municipales fueron enviados por Enrique Peña Nieto para atacar a la población civil con redadas y allanamientos después de una confrontación entre vendedores ambulantes de Texcoco, integrantes del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra (FPDT) y las autoridades municipales. Todos los detenidos afirman haber sido golpeados salvajemente y sometidos por medio de la violencia psicológica. Cuarenta y siete eran mujeres, cuatro de ellas provenientes de otros países[5]. Veintiséis de esas mujeres acusaron a los policías de haberlas torturado y violado durante el traslado de cinco horas en las camionetas. Once sostienen su acusación y han presentado denuncias.
A pesar de que existe una averiguación previa abierta desde mayo de 2006 por la Procuraduría General de Justicia del Estado de México y otra iniciada por la Procuraduría General de la República a través de la FEVIMTRA, solamente un policía ha sido consignado por un acto delictivo sexual. Se trata de Doroteo Blas Marcelo, quien fue acusado de obligar a una mujer a practicarle sexo oral. Sin embargo, la violación sexual oral no es violación sexual para la legislación mexiquense, por lo que Doroteo Blas Marcelo sólo tuvo que responder por actos libidinosos. El 28 de agosto de 2006 se le dictó auto de formal de prisión, pero a diferencia de las veintisiete mujeres violentadas por él y sus compañeros, Blas Marcelo nunca estuvo preso. Bastó con que pagara una fianza. Su caso sigue sin sentencia[6].
Hubo otros veinte policías consignados, pero por abuso de autoridad y otros cargos. Es decir que de casi tres mil policías que participaron en las agresiones contra la población civil de Atenco y Texcoco sólo veintiuno fueron remitidos ante un juez. En febrero de este año, quince de ellos fueron exonerados. En otras palabras, sólo quedan seis policías sujetos a proceso y, por supuesto, desde la libertad.
Lo ocurrido a los menores de edad no es menos grave. Javier Cortés Santiago, habitante de San Salvador Atenco, tenía catorce años cuando lo asesinó un proyectil lanzado por la policía. Durante las incursiones posteriores, fueron detenidos nueve menores de edad: una muchacha años y ocho jóvenes, todos entre los dieciséis y los diecisiete años. Debido a las amenazas que recibieron por parte de autoridades, sólo cuatro de los muchachos han presentado su testimonio y ninguno quiere hacer público su nombre. Todos coinciden en señalar que el 4 de mayo fueron arrastrados sin explicación alguna hasta las camionetas donde policías federales y locales sometieron a cientos de personas. Los nueve jóvenes padecieron la tortura de más de cinco horas en el traslado hacia el Centro Preventivo y de Readaptación Social ‘Santiaguito’, en Almoloya de Juárez. Según sus testimonios, los muchachos vivieron el mismo procedimiento que el resto de las personas detenidas: fueron apilados como bultos en las camionetas, pisoteados por las botas de los policías y sometidos por medio de “golpes en la cabeza, piernas, estómago y costillas con puños, toletes o patadas” (Informe sobre el caso de los menores…, p. 19) junto con amenazas de muerte e insultos ininterrumpidos.
Pero estos nueve jóvenes vivieron una tortura mucho más prolongada que la de los doscientos adultos. A las dos de la mañana del 5 de mayo fueron separados con mentiras del resto del grupo y trasladados en automóviles particulares al Tutelar de Menores que se conoce como “Escuela de Rehabilitación Quinta El Bosque”, en Zinacantepec, Estado de México. Los ocho muchachos y la joven fueron obligados a viajar esposados, con los ojos vendados y la cabeza agachada. Al llegar al Tutelar de Menores, “una custodia entró por la joven y los muchachos no volvieron a saber de ella” (Informe sobre el caso de los menores… p. 20). Poco después, los muchachos fueron separados en dos grupos de cuatro. Un grupo fue llevado a un patio donde se les ordenó recargarse en la pared con las manos y separar las piernas. Durante la siguiente media hora, los jóvenes recibieron insultos y fueron brutalmente golpeados en la cara, el estómago, las costillas y la cabeza. Luego fueron llevados a una celda de castigo.
El otro grupo de jóvenes fue encerrado en una bodega donde “alrededor de 20 custodios los hicieron pasar de uno por uno al centro para golpearlos” igual que al otro grupo, con manotazos en la cara, “puñetazos en el estómago y en las costillas” o “patadas en cualquier parte del cuerpo”. Al terminar la golpiza, los insultos y las amenazas de los custudios, los muchachos fueron trasladados a la celda de castigo donde esperaba el primer grupo. Una vez reunidos, cerca de ocho custodios los hicieron correr dentro de la celda de un lado a otro y continuaron con la tortura: “A uno de los muchachos el rompieron un palo de escoba en la pierna, a otro le dieron de patadas en el pecho hasta hacerlo llorar y le provocaron también una luxación en el tobillo… A otro más, como llevaba el cabello largo, le arrancaron un mechón de un tirón… Fue tal la agresión que uno de los jóvenes no resistió y se desmayó; en el camino a la enfermería no paraba de vomitar” (Informe sobre el caso de los menores…, p. 21).
A la mañana siguiente, 6 de mayo de 2006, tres de los muchachos fueron liberados y cinco quedaron presos. Dos de ellos estuvieron en la enfermería durante los veinticuatro días que duró su detención. Los tres restantes permanecieron una semana en la celda de castigo “donde cada cambio de turno eran golpeados por los custodios” (Informe sobre el caso de los menores…, p. 21). Siete días después los integraron con el resto de la población donde, por órdenes de los custodios, los tres muchachos fueron golpeados durante dos días por los mismos internos. Por su parte, los custodios nunca dejaron de lastimarlos. Los muchachos aseguran que incluso un día antes de salir del Tutelar de Menores recibieron otra golpiza de los custodios.
Los ocho menores fueron liberados el 28 de mayo de 2006 pero no terminó ahí el hostigamiento de las autoridades. Los jóvenes aseguran que había automóviles sin placas estacionados afuera de sus casas y varios de ellos fueron citados por el Segundo Juzgado de lo Penal del Distrito de Toluca para ser testigos del Ministerio Público en la causa penal número 96/06. Los jóvenes tuvieron que declarar en el penal de máxima seguridad de Almoloya de Juárez[7], lo que no hizo sino prolongar su tortura psicológica. Los documentos que narran estos hechos fueron recibidos por los responsables de la oficina de la UNICEF en México el pasado 30 de abril en el marco de una extraña protesta que tocaba música de Cri-Cri, aderezada a ratos por la lluvia.
Los dos documentos difundidos por el Sector Niñ@s de la Otra Campaña van mucho más allá de Atenco. Ambos describen una violencia contra la infancia en México y en el mundo casi tan terrible como el desinterés que la acompaña. “La cotidianidad de estos hechos es tal que las mismas sociedades han concedido cierto grado de permisividad a estos agravios, conformándose de esta manera una “naturalización” de la violencia”, señala con razón el Informe sobre el caso de los menores… (p. 8).
Los funcionarios que ordenaron el ataque contra integrantes del FPDT y contra adherentes de la Otra Campaña no tienen problemas con la justicia. Ni Enrique Peña Nieto, ni Abel Villicaña ni Wilfrido Robledo Madrid han sido investigados. Pero como lo muestran los eventos realizados por las mujeres agredidas en Atenco y por las niñas y los niños de la Otra Campaña, hay integrantes de la sociedad que jamás aceptarán esta violencia como natural o cotidiana.
Mayo, 2008.
[1] Las once mujeres denunciantes acudieron a la CIDH acompañadas del Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez, A.C. (Prodh) y del Centro por la Justicia y el Derecho Internacional (CEJIL).
[2] Fiscalía Especial para los Delitos de Violencia contra las Mujeres y Trata de Personas, hasta hace tres meses llamada Fiscalía Especial para la Atención de Delitos Relacionados con Actos de Violencia en Contra de las Mujeres (FEVIM).
[3] El Informe… fue elaborado por el Sector Niñ@s de la Otra Campaña, el Colectivo contra la Tortura y la Impunidad (CCTI) y el Kolectivo Kinta Brigada.
[4] Elaborado por Nicte-há Dzib Soto, del Sector Niñ@s de la Otra Campaña en el D.F.
[5] Las mujeres de otros países que fueron agredidas en Atenco y expulsadas del país son la alemana Samantha Dietmar, la chilena Valentina Palma y las españolas María Sostrés y Cristina Valls, quien en enero de este año presentó una querella ante la Audiencia Nacional (en Madrid) en contra de 140 funcionarios responsables de la violencia en Atenco.
[6] Datos tomados del Informe de seguimiento dirigido al Comité contra la Tortura, actualizado en abril de 2008 del Centro Prodh y la Organización Mundial Contra la Tortura (OMCT), p. 5.
[7] En ese penal se encuentran Ignacio del Valle, Felipe Álvarez y Héctor Galindo, sentenciados a sesenta y siete años y medio de prisión.
por mujeresylasextaorg
De América del Valle a la CCIODH
Hermanos de la Comisión Civil Internacional de Observación por los Derechos Humanos:
Aún tengo sin colgar aquella llamada que, a alguno de ustedes pude hacer para denunciar pedacitos del 3 y 4 de mayo del 2006 y digo “pedacitos”, porque todo lo que rompieron los verdugos en nuestro pueblo, en nuestras vidas, aún no lo acabo de juntar.
Entonces, como si todo este tiempo se comprimiera para volver a esa noche, donde, del otro lado alguien me escuchaba, aprovecharé esta oportunidad para continuar denunciando, hablando y también compartiendo.
Ahora tengo 27 años. La estancia que me acoge, más temprano que tarde se convirtió en una trinchera de lucha. Nunca imaginé que los días, semanas, meses y pronto, dos años, tendría que estar exiliada de mi pueblo y de mi sangre. Pero cuando repaso los últimos siete años, caigo en cuenta que no ha sido poco lo que he aprendido junto a mi pueblo, mis padres y hermanos, como no ha sido poco lo que hemos logrado. Y recuerdo infinidad de pláticas sobre la lucha de los pueblos con mi papá, incontables lecciones que sólo son posibles cuando se es parte de algo que se construye en colectivo, y me siento tan afortunada de tener al padre que tengo, de tener a la madre que tengo, de tener a los hermanos que tengo y toda mi familia que no acaba y llega a todas las orillas de los pueblos y sólo así, en esta trinchera, me convenzo que no tenerlos cerca, no quiere decir que no los tengo.
2 de mayo de 2006. Junto con varios compañeros de distintas comunidades del FPDT, acudimos a la convocatoria que los universitarios nos hicieron, para estar presentes en el acto que se efectuaría en la Universidad Nacional Autónoma de México, en el marco de La Otra Campaña (LOC); además de que teníamos que cumplir con el compromiso de ser parte de la comisión de seguridad. Desde Atenco, decidimos que por esta ocasión, debíamos dividir los esfuerzos y tan sólo una comisión acudiría a dicho evento y la mayoría se quedaría para acompañar a los floristas hasta la subprocuraduría de Texcoco, para buscar un acuerdo entre las autoridades estatales, municipales y estos, que a lo inmediato sólo querían que se les dejase trabajar, en las fechas importantes para sus ventas (3, lo y 15 de mayo).
Durante el acto, pude informar de manera breve el por qué de la ausencia del grueso del FPDT.
Al término de nuestras tareas, hablé con mi madre para avisarle que por esa ocasión me quedaría con mis amigos en la capital y le pedí que nos mantuviéramos en comunicación, a sabiendas de que se estaba llevando a cabo la “negociación” con los floristas.
Por la noche hice una llamada a mi madre y me contestó que, prácticamente se había llegado a un acuerdo para que pudieran trabajar los compañeros, aunque las autoridades no dejaron de mostrarse reticentes.
3 de mayo. Me despertó una llamada de mi celular. Era mi padre quien me ponía al tanto de lo que estaba ocurriendo. De inmediato comencé a llamar a compañeros de mi pueblo y me di cuenta que todos estaban enterados de lo ocurrido. Enseguida Nacho, mi papá, me volvió a hablar para decirme que no me regresara -a Atenco- y que mejor hiciera la denuncia con las organizaciones hermanas. Obedecí, sus indicaciones y me apresuré como pude para dirigirme vía telefónica a algunos medios de comunicación y explicar el origen de las agresiones de la fuerza publica contra los floristas. Más tarde me dirigí hasta donde estaba el compañero Marcos. Le amplié lo que ocurría. Mientras en mi pueblo, la tensión crecía desde que la fuerza publica llegaba a golpear y balear a la gente, para disolver el bloqueo carretero, que se realizó como una forma para presionar al gobierno estatal, establecer una “mesa de diálogo” urgente y retirar al cerco policíaco en el que ya tenían a los floristas y compañeros del FPDT, en una casa, al costado del mercado de Texcoco.
En el acto público que se efectuó en la Plaza de las Tres Culturas, dieron prioridad para que informara del avasallamiento que ya empezaba contra nuestros pueblos y organización. Iban a ser o tal vez ya pasaban de las tres de la tarde, cuando recibí la llamada de una compañera, con su voz quebrada y desesperada, donde me dijo que, “ya habían matado a un niño”. Fue un golpe duro. Conforme pasaban los minutos mi pensamiento se alejaba del lugar donde estaba. Se aferraba a las calles de mi pueblo, a todos los rostros de mi pueblo, a otros momentos críticos de mi pueblo, a la tenacidad de mi pueblo… pero debía hacer todos los esfuerzos para mantenerme serena y también tuve que seguir escuchando las lecciones de mi padre, Siempre que nos hemos encontrado en dificultades.
La noticia encendió mi coraje, mi rabia y sólo podía canalizarla en mi voz. Me apresuré a confirmar con precisión el asesinato y lo denuncié. Como ecos escuchaba voces que me decían, “NO ESTÁN
SOLOS, VAMOS A VOLVERA VENCER, AMERICA ESTAMOS CONTIGO… “.
Comencé a dudar dónde debía estar, ¿en mi pueblo o lejos de él? Marcos y otros compañeros, Siempre trataron de ayudarme para tomar la mejor decisión. Todavía no entraban por mi padre, todavía no. Eso, y saber que la mayoría de mis compañeros estaba en mi pueblo, me volvió a convencer de que debía seguir en la trinchera que estaba. Pero no pasó mucho tiempo para sentir como me desgarraban por dentro.
Pasaban las cinco de la tarde y escuché lo que sería la última llamada de mi padre. Entre otras cosas me dijo: “…cuídate, cuídate, estamos bien, te quiero mucho… “. No quería que me dejara de hablar, no quería quedarme sólo con la colilla de sus palabras, de su voz, porque entonces lo siguiente sería comprender que en adelante todo sería incertidumbre.
Pasaron por mí todos los escenarios: la tortura, el asesinato, la desaparición, la cárcel y todas juntas. No sabía con quien estar rabiada. No acepté ya no tenerlo. No acepté que nos lo hubieran arrebatado y hoy, todavía no lo acepto.
Escondí el desgarre, me lo tuve que tragar, para poder continuar. El también lo hubiera hecho así. Tuve que volver a mí, auque la duda volvió y me convencí que de debía estar en Atenco.
En adelante las llamadas se volvieron más tensas. Básicamente eran intercambio de informaciones. Comuniqué a los que tenía cerca, la decisión de retornar a mi pueblo. Otra vez volvieron las sugerencias. Pude hablar con mi madre y un par de compañeros y coincidieron en que me debía quedar. Alguien a quien quiero mucho, me dijo que “debía pensar que era lo mejor en ese momento y para el movimiento, estar allá o acá”. Creo que desde ahí, tuve que asumir que no podía actuar en función de mis sentimientos y dolor, sino en función de lo razonable e inteligencia.
La convocatoria de solidaridad que hice, tuvo una respuesta irrefutable. El anuncio de Marcos, de
“Alerta roja” del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y tantas muestras de indignación de la gente que podía ver y escuchar, me levantó, me devolvió cierta confianza para no decaer y estar a la altura de las circunstancias.
Toda la tarde estuve recibiendo llamadas de los medios de comunicación. Muchos sinceros, pero la mayoría en tono de escarmiento y descalificadores, me cuestionaban sobre lo ocurrido. “Que la famosa patada fue un acto inhumano… que qué teníamos que hacer en un conflicto que no nos competía… que si la ley, el Estado Derecho que si Marcos… etc.”. Pocos fueron inteligentes y sensibles. A los que más se desgarraban sus vestiduras, les devolvía sus cuestionamientos señalando el papel tan nefasto que juegan, a la hora de enjuiciar a los que ellos acusan a priori como culpables y califican como delincuentes, como si el resto de los actores no existiera, como si los enfrentamientos entre el pueblo y la fuerza represiva, fuera por generación espontánea.
Las “informaciones” iban y venían. Se estaba montando el escenario para una represión inimaginable. En la televisión, la misma imagen de “la patada”. En la radio, locutores analíticos de la morbosidad, ocultando y distorsionando -con su cinismo particular- a la verdad. Todos los medios oficiales, en un coro al unísono: “macheteros violentos”, “macheteros fuera de la ley”, “macheteros, macheteros, que les caiga todo el peso de la ley…”. Tarde y noche fue así.
Tal como se convocó, muchos acudieron a la Universidad de Chapingo, ubicada en Texcoco (a poco de 2 kilómetros de Atenco) y otros al “Puente de Fierro”, un lugar de la orilla del municipio de Ecatepec. Ambos, por ser sitios conocidos y viables para aproximarse a nuestro Atenco ya cercado, a la gente solidaria se le facilitaría concentrarse y en determinado momento llegar directamente para formar un cinturón de solidaridad y cese de la represión.
Prácticamente a las 9 de la noche, la Universidad de Chapingo, se empezaba a convertir en una
concentración alistada para que en el momento que se conviniese, partiera hasta Atenco. Se hicieron las valoraciones, para evitar nuevas confrontaciones entre la multitud solidaria y los cuerpos represivos.
Desde el celular -que por varios días, fue mi única forma de comunicarme directamente con los más cercanos- pedí a la concentración que “guardara calma y que organizáramos bien, antes de salir… que primero los de Atenco, nos debíamos coordinar para recibirlos y así evitar mas represión”. De alguna manera, lo coordinamos y cerca de las 11 de la noche o más tarde, en conjunto llegarían.
Escuché que mis compañeros leyeron un comunicado, donde reiteraron al gobierno estatal las principales demandas:
- Alto a la represión,
- Retiro de la Fuerza Pública
- Mesa de Diálogo (con carácter urgente)
- Libertad a los Presos Políticos
Nadie quiso escuchar e igual como en la tarde, la omisión de los verdugos, nos mandaba el mensaje que Humberto Benítez Treviño (secretario de gobierno, del represor Enrique Pena Nieto) le restregó a mi madre: “no es nuestro problema y háganle como quieran”.
Siempre traté de no perder comunicación, pero conforme pasaba el tiempo, ni unos ni otros tenían señal en los teléfonos. Pude comunicarme con algunas organizaciones hermanas para seguir pidiendo solidaridad, pensando que si librábamos la noche y madrugada, al día siguiente debíamos conjuntar una movilización y las acciones necesarias para exigir la inmediata liberación de los presos políticos.
No hubo nadie que se negara y era claro que desde sus lugares no perdían atención. Se supo que
Enrique Pena Nieto estaba en Texcoco concertando el operativo represivo, junto con Nazario Gutiérrez y altos mandos policíacos. Rumor o no, lo cierto es que hubo notas periodísticas que desde el día siguiente lo confirmaron.
Con el “problema” de la comunicación vía telefónica, decidimos comunicarnos con dos 0 tres enlaces, cada medía hora y sólo para informar lo relevante.
1, 2, 3 de la mañana. 4… de la mañana. Una compañera me sugirió que descansara, en una modesta colchoneta que la solidaridad nos ofreció. Cerré los ojos. Sólo podía pensar en mi padre, en mis compañeros presos, en mi madre, mis hermanos y todo mi pueblo. Quería correr hacia ellos. Muy en el fondo oraba, pedía que cesara todo, que la bestia no siguiera despertándose, que los represores se arrepintieran y que Javier sólo durmiera y que todo fuera un mal sueno mío, que me despertara en la misma casa, junto a los míos.
No me podía concentrar en otra cosa que no fuera mi pueblo. No daba crédito a lo que estaba pasando. Habrá sido medía hora más o menos, cuando una de las llamadas me dio registro de andaban las cosas por allá. Parecía que la íbamos a librar.
Pero en otro momento un reportero, al cual apreciamos, me llamó para decirme lo que él percibía definitivamente con todo y su experiencia. Me dijo que había mucho silencio, que eso le hacía más ruido, que parecía que a todas las hileras de uniformados se los había tragado la tierra y que eso no era buena señal. Tomé mucho en cuenta su llamada y como si me hubiera leído una predicción, llamé para alertar por cualquier cosa y que nadie se confiara, e incluso que en determinado momento se replegaran.
El la radio, tampoco se escuchaba nada, más que los comentarios de escasísimos reporteros que parecía que sacaban de los escombros de ese tres de mayo.
Traté de pensar en lo que debíamos hacer en las siguientes horas. Una marcha, una reunión urgente para hacer un plan de acción entre las organizaciones más posibles, adherentes y no adherentes a la
Otra Campaña. Comunicados de denuncia y solidaridad al interior y exterior del país, romper el cerco de la fuerza represiva con una acción pacífica… todo lo que se nos ocurriese para arrancar a los presos de las garras.
El compañero Marcos convocó a realizar acciones de protesta y apoyo, en todo el país y desde el día anterior, decenas de organizaciones nacionales y extranjeras comenzaron a trabajar para que fuera posible.
6 de la mañana… cuando todo parecía que ya no se atreverían a entrar, dadas otras experiencias, donde ellos eligen la oscuridad para asaltar de manera desprevenida, empezó a ocurrir todo lo contrario. El silencio se rompió y como si se soltase a una bestia hambrienta de venganza, ésta, no tuvo piedad con nadie. La última llamada, de aquellas frecuentes, confirmó que ya estaban avanzando. Le pedí que si no había forma de resistir que se replegara, que no se expusiera y que pasara la voz a los que más se pudiera.
Los celulares del resto de contactos en Atenco, dejaron de funcionar. Hice llamadas a cuanto pude, incluyendo algunos periodistas que estaban cubriendo. Uno de ellos, desde lo que podía ver, me dijo que eran centenas de uniformados y que estaban golpeando y amedrentando con armas de fuego. En otra llamada me dijo que a ellos como prensa, también los estaban reprimiendo y los habían sacado por la fuerza del hotel que está a la entrada del pueblo y no les permitían tomar fotos y registrar con las cámaras de vídeo la represión. En mi desesperación de no hallar más comunicación con nadie de mis compañeros, Le pedí que no dejara de decirme lo que ocurría.
Así, dos periodistas, que fuera de su profesión, se volvieron compañeros, me estuvieron poniendo al tanto de lo que pasaba.
Sitiar a Atenco con un operativo de la magnitud de más de 3 mil uniformados, incluidas las corporaciones especializadas en disolver y cazar a las organizaciones, les tomó menos de dos horas. Sin embargo, la pesadilla no concluyó ahí, porque todo el tiempo que invadieron nuestro pueblo y allanaron las casas que se le antojaba, así como las precisas para aprehender a los que integramos el FPDT, además de sembrar terror y cometer violaciones sexuales contra varias mujeres, saquearon y continuaron las golpizas.
Uno de los periodistas que daba seguimiento a la represión, me habló en el momento que un grupo especializado de la PFP, cercó varios metros antes de llegar a mi casa y entró para desvalijarla y sacar ensangrentados a dos jóvenes y un señor que seguramente se estaban refugiando. Él pidió que lo dejaran hacer su trabajo, pero se lo impidieron y como todos los vecinos, pudo ver cómo descendía un helicóptero dentro del terreno.
Se le acababa el crédito y yo aproveché para pedirle que, “si veía a mi madre o a algún familiar, los sacara del pueblo y que les dijera que yo iba a seguir luchando”.
Creo que estaba en shock, como me suele pasar cada vez que lo recuerdo.
Quise desaparecer de la faz de la tierra, quise hacerme una piedra para no pensar, no sentir…
Pero una y otra vez, me jaló con tanta fuerza, hasta estremecerme, el coraje y todos los rostros que conozco y todos los que aún no conozco.
Con el apoyo de varios corazones que junto a mí, nunca dejaron de palpitar, me mojé la cara, vi en un espejo unos ojos avivados y le dije: “no te rindas, no te rindas, ellos te esperan”.
Mis puños se fueron tras mi garganta para evitar que saliera un grito. Exprimí mis ojos para que no salivaran.
Traté de recuperar toda la cordura posible y empezar a hacer lo que en esos casos, los hombres y mujeres a los que admiro, harían.
Por varias horas, las llamadas ya sólo serían de compañeros que estaban en la ciudad atentos y con disposición para hacer lo necesario, y de toda la avalancha de los medios de comunicación, que entonces, ya habían tenido que cambiar sus tonos, aunque muchos no serían menos nefastos.
Hubo una llamada que me avisaba de la disposición para que entrara una ambulancia, pero debían contar con “mi consentimiento”. Acepté inmediatamente y pronto se encontraría “negociando” con algún retén de la PFP o de la ASE para que hiciera su trabajo. Aunque tardó, lo consiguió y tratamos de no perder el enlace. “Me dicen que la gente que se atreve a salir de sus casas, es contada y los que más abundan son los uniformados, quienes no dejan de cuestionar su presencia”. Casi en paralelo, recibo una llamada de no recuerdo quién, y me detalla rápidamente que hay un estudiante herido de gravedad en la cabeza, que están refugiados y que no pueden salir porque justo afuera de la casa hay uniformados resguardando. Vuelvo al enlace con los de la ambulancia y les doy dicha información, pero sin poder decir con precisión el lugar, porque yo tampoco lo sabía.
No sólo la policía tenía desconfianza hasta de sus sombras, también la gente desconfiaba de la presencia de la ambulancia, siendo que habían estado solicitando todo el tiempo sin obtener respuesta, porque los heridos abundaban escondidos.
Sólo hasta que alguien tomó el teléfono del enlace y escuchó mi voz, se convenció de que eran personas solidarias. Aquella compañera, los fue guiando con discreción por donde pudo. Así varios refugiados pudieron salir ese mismo día del pueblo, pero fue imposible repetir la hazaña, porque les prohibieron volver a entrar al pueblo y lo único que les quedó, fue estacionarse lo más cerca del lugar.
Las llamadas de auxilio para el estudiante herido fueron sólo una o dos veces más. Tiempo después, cuando he venido armando la historia, comprendo que ya no pudieron comunicarse casi con nadie y que se tuvieron que esperar el resto del día, escondidos.
Mediante correos electrónicos y las entrevistas con los medios de comunicación, hacia las denuncias y extendía las negras noticias que me llegaban, también se pudo convocar a una reunión urgente en la ciudad de México, con las organizaciones mas posibles.
De a poco en poco, comenzaban a fluir contadas llamadas y susurros de mis compañeras del pueblo. Lo único que les alcanzaba a contestar era, que “no me iba a rendir, que estaba de pie, que lucharía hasta las últimas consecuencias y que los que corrieran más riesgos, hicieran lo posible para salirse del pueblo, en tanto se calmaban las cosas… “.
Intercambiar palabras contadas, apenas el susurro de nuestras voces, era reconfortante. Sabernos que tenemos coraje para levantarnos después del avasallamiento y todo el dolor, nos hacia sentir vivos y con cierta confianza de que la calma regresaría.
Por más que preguntaba por mi madre y hermanos, nadie sabía donde estaban. Era como si nos hubieran roto en cachitos a cada uno y a cada familia. Todos teníamos por quién preguntar.
En medio de toda la organización que comenzaba a caminar poco a poco, no dejaba de imaginarme que lo peor había alcanzado a toda mi familia.
Las horas pasaban lentas, pesadas. El día se nubló como si se aguantara las ganas de llorar, como si también se hubiera entristecido por toda la sangre que vio correr.
Las preguntas de los conductores periodistas, ya incluían la pregunta de que, “si tenía delitos por los cuáles se me persiguiera”, “que qué iba a hacer, porque ya estaba girada la orden de captura en mi contra… “. Era de esperarse que la infamia no terminaría, que el gobierno echaría a andar la persecución en contra de todo el FPDT, que empezó por la mañana. Poca cabeza tenía para estar pensando en eso. Mi mayor preocupación era mi familia y muchos mas compañeras que empezaron a reportar como desaparecidos.
Era un hecho que no podría regresar a mi pueblo hasta que se valorara el momento conveniente. Todas las manos se ofrecieron incondicionales y tuve que asumir que no vería más a los míos por mucho tiempo.
Hice lo posible para estar presente en la reunión citada, pues se tomarían decisiones importantes y sólo yo estaría representando la voz de mi pueblo, en un momento, donde lo principal era unificar esfuerzos para sacar a todos los presos.
Fue a las 6 de la tarde y pude llegar desde su inicio. Había organizaciones hermanas; unas adherentes a LOC y otras no, compañeros que habían presenciado el salvajismo, prensa alternativa.
Siempre siguiendo las enseñanzas de mi pueblo, hice un llamado de unidad sin importar las posiciones políticas, porque el momento requería -y requiere- de todos los esfuerzos.
Todos querían hablar, muchos para denunciar e informar y otros para exponer las propuestas del plan de acción. Dado que el tiempo era poco priorizamos lo segundo y a sabiendas de que las discusiones suelen convertirse en discusiones de “diferencias de fondo”, rescatamos las propuestas más viables y las conjuntamos con otras que hice a nombre del FPDT, de lo que surgieron las que mas tengo presentes:
Sábado 6 de mayo: marcha (para romper el cerco policiaco), de la Universidad de Chapingo a Atenco
Domingo 7 de mayo: Asamblea Nacional contra la represión
Lunes 8 de mayo: acciones dislocadas a nivel nacional…
Durante la reunión, se daban espacios para las denuncias. Todos tenían una historia de dolor que contar.
Una joven de mi edad se acercó, tomo mi mano y llorando me dijo que su padre era Jorge Salinas, que no sabía nada de él. Me enseñó una foto que llevaba y me suplico que la ayudara. La abracé y le prometí que no iba a parar de luchar y que su padre y todos, estarían de vuelta con nosotros. Le pedí que fuera fuerte y que me creyera, que no perdiera confianza y que su padre quisiera que se mantuviera de pie.
Decirle eso, me hizo caer en una contradicción. Yo tampoco sabía nada de los míos y era incierto volverlos a ver.
Otros jóvenes más, me preguntaban que si no había visto a sus amigos, a su prima y así. Trataba de explicar que yo no había estado en Atenco y mejor pedí ayuda para que se fuera haciendo un registro de todas las personas que habían ido a Atenco y todas de las que no se sabía su paradero.
Una nota de la abogada, Bárbara Zamora, que me hicieron llegar, denunciaba que había habido violaciones sexuales a mujeres y que todos los presos políticos estaban incomunicados, que ni a ella, la dejaban pasar a verlos. Esto, lo hice público y la indignación de todos creció, creció.
Alguien se me acercó y me dijo al oído: “Trini esta bien, yo la vi”. Ese susurro me devolvió un pedazo de mi vida y quise pensar más en positivo sobre el resto.
Terminada la reunión, me tuve que marchar inmediatamente. Antes, alcancé a abrazar a un gran, gran compañero que no me dijo nada y yo tampoco, pero nos dijimos todo.
Desde entonces, me puse a vivir aquí.
Dos días mas tarde, mediante las notas de la prensa, supe que mi hermano menor, mi César, estaba preso junto con dos primos y más de 200 hermanos de lucha y sangre. También, por la prensa me enteré que no había desaparecidos.
Por la misma prensa empecé a desempolvar y di con la gente que conocía, los vecinos que iban pasando, las mujeres que estaban preparando a sus hijos para la escuela, los jóvenes y niños que estaban durmiendo y que fueron sacados de sus camas. Escuche con más estruendor los gritos de horror y súplica, que a la fecha todavía alcanzo a oír. De Alexis que yacía en estado de coma, los viejitos que tuvieron el valor y coraje para adoptar a algún muchacho y llevarlo de la mano, como l1evaban sus canastas en el mayo de las cruces, a saludar a sus compadres.
Por la prensa me he seguido enterando del mayo rojo, por algunas letras que suelen volar hasta esta trinchera que las atrapa. Pero es la fecha que no termino de completar esos días de amor, de guerra, de noche, de espera.
Entonces y en tanto pego mis piezas y una parte de mí se sigue completando mediante mi hermano mayor Ulises, y mi madre, Trinita y todos los compañeros que han venciendo la cárcel y el exilio, aquí sigo, con letras, con voz, con firmeza y disposición para luchar, para resistir y construir, porque al final, la victoria, la justicia, la libertad, nos va a abrazar.
Busco como llenar el silencio, las ausencias y las distancias. Me alimento de las dignidades que crecen por todos lados, desde mis hermanos que tienen que cruzar fronteras, la del norte y la del sur, desde nuestra hermana Oaxaca que no para de encender la esperanza, hasta mis compañeros maestros que juntos vamos a tumbar las reformas del despojo.
Me mantengo firme, porque todos los días recibo el ejemplo de mis hermanos zapatistas, de mis hermanos mineros, obreros, estudiantes, campesinos, mujeres… me mantengo firme porque el veneno de la bestia no debe asesinar nuestras luchas.
Porque nuestro México y toda nuestra gran pradera, de América Latina, nos convoca a defenderla, hasta con la vida si es preciso.
Me mantengo en pie de lucha porque no queremos vivir bajo las botas de reformas judiciales, carcelarias, perseguidoras, asesinas, violadoras… Porque la libertad no es un privilegio ni una dádiva, la libertad es nuestra y es nuestro derecho.
No me rindo, porque sigo el ejemplo de Nachito, mi padre, de mi Cesar, de Felipe, de cada nombre de todos los presos políticos de mi patria, de cada desaparecido por los verdugos, de cada nombre de los perseguidos y perseguidas como yo…
Estoy de pie, desde este refugio que es más una trinchera de lucha y dignidad.
¡PRESOS POLÍTICOS, LIBERTAD!
¡ATENCO, EN PIE DE LUCHA!
¡HASTA LA VICTORIA, SIEMPRE!
¡VENCENCEREMOS!
América del Valle
Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra
En la lucha, febrero 2008
Comisión Civil Internacional de observación
de los Derechos Humanos
P R E S E N T E
Antes de pasar a la relatoría que preparamos en el marco de su visita a nuestro país, todos los que integramos el Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra, todos nuestros compañeros perseguidos y presos políticos, sus familiares, todos los que tuvieron que renacer desde el 3 y 4 de mayo del 2006, el pueblo en general, les reiteramos nuestro más sincero agradecimiento por acercarnos sus manos que todo este tiempo nos siguen abrigando de esperanza y dignidad, para conseguir justicia, libertad y respeto.
La lucha y resistencia de los pueblos, la dignidad, el dolor, la esperanza, la indignación, la solidaridad, nos encontró y allí nos hemos ido reconociendo.
Atenco, ya es su pueblo, ustedes son ya nuestros hermanos.
GRACIAS
¡ATENCO-VIVE!
Más información: Centro de Medios Libres, Indymedia







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